

Palabras, logos, discapacidad
Por Jesús Flórez

La persona con discapacidad intelectual tiene sed de comunicación. Por inmersa y aislada que nos parezca estar en su mundo quizás exiguo, su interior es tierra que necesita torrentes de acompañamiento.
Cuál es la esencia de nuestra disposición, de nuestro talante, ante una persona con discapacidad? La esencia se encuentra en nuestro lenguaje. Los límites de mi lenguaje –dice Witgensteinson– son los límites de mi mundo; es decir, estructuramos el mundo a través del lenguaje y, por eso, los griegos llamaban logos tanto a la palabra como a la idea. La idea y la palabra transmiten la intención, que se mantiene como escondida en el origen más recóndito de nuestra conciencia.
Cuando en ellas vibra la esperanza, la palabra la idea se transforma en vida: su poder se hace transformador.
La palabra revela a quien la pronuncia, es lazo de comunicación humana; congrega o disgrega, incide sobre todo el ser humano. Entender y ser entendido son necesidades vitales de las personas.
Es obvio que entiendo que la palabra es mucho más que emisión verbalizada de un sonido. Palabras son también gestos, miradas, actitudes y, por encima de todos, actos, hechos. Es vida y la vida es comunicación. Pero no basta afirmar verdades sino que es necesario ser veraz. La veracidad no es una mercancía que se vende o se compra, que se guarda o se ofrece, no es política en su, desgraciadamente, actual acepción. Está ligada a la conciencia, a la persona, a su principio vertebrador. Es algo propio. Por eso somos veraces en la medida en que nos revelamos o nos entregamos, en tanto que nos expresamos libremente.
Hay palabras que son meramente informativas: transmiten un enunciado que puede ser verdadero o falso. Existen también las que un amigo mío califica como palabras mágicas: 'por favor', 'gracias', 'lo siento', 'perdona'". Son palabras que abren puertas, que suavizan y serenan el roce y contacto diarios. Hay palabras que se denominan eficientes, capaces de repercutir sobre un sector importante de la existencia personal, incluso pueden influir de modo que tengan repercusión histórica. Para que las palabras eficientes operen es necesario que por sí mismas sean correctas e íntegras, sinceras y coherentes por parte de quien las pronuncia, e incisivas e imperativas por el lado de quien las escucha.
Y están finalmente, las palabras que se hacen carne. Son emitidas y se implican. Al tiempo que son propuestas, ofrecidas y entregadas, estas palabras operan de forma que el propio agente que las emite se entrega a sí mismo y se funde con la persona o el mundo hacia los cuales las dirige. La palabra que se hace carne es eminentemente viva, transformadora, porque tiene la capacidad de introducirse en el otro donándole vida, vigor, fuerza a pesar de sus intrínsecas limitaciones. La palabra que se hace carne es cabalmente veraz.
La persona con discapacidad intelectual tiene sed de comunicación. Por inmersa y aislada que parezca estar en su mundo quizás exiguo, por inane que nos parezca su mirada, por indiferente que nos parezca su expresión, su interior es tierra que necesita torrentes de acompañamiento, palabras que se hagan carne, es decir, actitudes y acciones que se introduzcan en su hondura más profunda y la empapen de rica savia capaz de inspirar, de acuciar, de tonificar. Ella responde siempre, como cierva que busca las corrientes de agua. El gesto amigo, la mirada cómplice, el contacto cálido, el diálogo breve y sencillo pero cargado de intención, el adelantarse a sus deseos, la acción inteligente que le hace ascender en sus capacidades. Todo ello no tiene nada que ver con las campañas de imagen de las celebridades al uso, acompañadas siempre del fotógrafo que plasme su travestido propósito en las páginas de la prensa rosa.
Lejos de la tan cacareada 'solidaridad'", la palabra hecha carne sabe estar discretamente donde la discapacidad se siente más frágil y desprotegida. En el apoyo efectivo prestado a una vida que apenas se inicia y está en peligro de ser irremediablemente eliminada. En el trabajo difícil de quien diaria y ocultamente lucha por iluminar la inteligencia de seres peor dotados. En el cariño y el afecto incondicionalmente mostrados a quienes carecen de ellos. En la elaboración de sistemas y métodos que sirvan para que aprendan mejor quienes tienen mayores dificultades. En la creación y aprovechamiento de oportunidades para que compartan el bienestar común quienes nacen en los arrabales de nuestra civilización, o terminan marginados por el oleaje de nuestros egoísmos. En la indagación ininterrumpida y callada de los misterios de la biología, que intenta descubrir soluciones a problemas complejos. En el empeño por encontrar soluciones tecnológicas a problemas limitantes. En el esfuerzo por hacer que surja una sonrisa donde quizá sólo haya una mueca inexpresiva. En la lucha incansable por elaborar leyes más justas y sistemas más eficientes y humanos que reconozcan de manera preferente los derechos de los más débiles, empezando por su derecho a nacer.
Es vida humana, es nuestra vida, el logos de nuestra eterna y siempre inacabada navidad.
Jesús Flórez
Catedrático de Farmacología y asesor científico de la Fundación Síndrome Down de Cantabria
Publicado el 23.12.09 en el Diario Montañés (enlace al artículo)
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