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Jueves, 25 de marzo de 2010

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La persona, siempre
Por Jesús Florez

Juan Florez

La reunión tocaba a su fin. Habían sido diez horas de exposición y debate con breves interrupciones de descanso. La persona de mayor autoridad y experiencia abrió su micrófono: 'Señores: no dudo en calificar esta reunión como histórica'. Nos miramos unos a otros entre sorprendidos y aquiescentes; no en vano había sólidos motivos para afirmarlo. Era la primera vez que una empresa farmacéutica de enorme prestigio organizaba una sesión de trabajo entre expertos de varios países y jefes de sus laboratorios para que debatieran la posibilidad de que un producto nuevo de extraordinaria originalidad, sintetizado con creatividad y perspicacia, pudiera ser útil para mejorar ciertas características de las personas con síndrome de Down.

En la reunión se analizaron numerosos problemas desde perspectivas muy variadas: la química del producto, sus propiedades, las características fundamentales de las personas con síndrome de Down, su evolución con la edad, sus cualidades y sus problemas, factores sociológicos y psicológicos, previsibles resultados, modos de analizarlos. Todo un conjunto de circunstancias y datos que se exponían con el objetivo de conseguir algo realmente útil y valioso.

Al terminar la reunión me quedé con un sentimiento equívoco. Por un lado no tenía la menor seguridad de que el proyecto terminase por llegar a buen puerto. Y por otro, tenía la inmensa satisfacción de participar en una iniciativa que por primera vez se planteaba más en términos de servicio que de ganancia.

Nos retiramos cansados al hotel, caminando con cuidado por una acera nevada de aquella ciudad suiza, encogidos bajo nuestras bufandas que nos protegían de temperaturas bajo cero. Y en la intimidad de mi habitación, tan limpia como austera, me puse a repasar mentalmente el recorrido que nos había llevado hasta allí. Realmente no fue un recorrido, fueron dos que terminaron confluyendo felizmente. De un lado, estaban las hipótesis científicas puestas a prueba y ratificadas mediante experimentos realizados con modelos animales de síndrome de Down en Estados Unidos y en España. De otro lado, destacaba el desarrollo molecular de nuevos productos químicos con dianas absolutamente originales y precisas, fruto de un trabajo ininterrumpido de varios años en una determinada empresa farmacéutica con fuerte abolengo en ese campo concreto. Pero faltaba alguien con capacidad de enlazar y anudar ambas líneas.

Una investigadora de la empresa farmacéutica detecta la posibilidad de que los dos recorridos confluyan de modo que alguno de sus productos de síntesis pueda ser útil en la población con síndrome de Down. Es ahí donde empieza la belleza de esta historia. La decisión de esta mujer le lleva a ilusionar a su propio equipo y a otros equipos de la empresa donde trabaja, para poner en marcha la enorme y compleja maquinaria necesaria para: primero, convencer que el proyecto vale la pena aunque sólo vaya dirigido a una población escasa y, por tanto, de discutible rentabilidad; segundo, que es viable; tercero, que a pesar de las muchas y costosas dificultades, la alta dirección dé su beneplácito para llevar a cabo el proyecto.

Como indiqué anteriormente, es posible que el proyecto no culmine en un producto viable para la población con síndrome de Down. Pero, aun así, no sólo nos quedará la satisfacción de haberlo intentado sino la evidencia de la importancia que cobra la persona, el individuo, en cualquier proyecto. Sin duda, sólo se alcanza el resultado final si emergen sinergias que hacen factible su logro. Pero en la génesis del proyecto y en la búsqueda de voluntades complementarias y afines siempre se alza el individuo: su creatividad, su tenacidad, su habilidad, su decisión, su atrevimiento, su confianza. Cuando todas estas cualidades se ponen al servicio del bien común, la sociedad se nutre, crece y se desarrolla bajo la acción de una fuerza irresistible que ilumina y engrandece. Las organizaciones, las instituciones, los pueblos son los que sus componentes, los individuos, son. De ahí nacen sus líderes. Por eso se repite con tanta razón que cada pueblo tiene el gobernante que se merece. Triste experiencia la nuestra.

Hubo otra faceta, en la reunión que comento, que predice y caracteriza con precisión el rumbo que puede seguir el curso de las conclusiones que en ella se perfilaron. La faceta va íntimamente asociada al ejercicio y la práctica de la inteligencia emocional. Porque allí no se ventilaba tanto el éxito de un producto (que también, por supuesto) como el beneficio de unas personas, en este caso las personas con síndrome de Down. Conciliar el dato objetivo, insoslayable y visible, con el rasgo eminentemente humano y los avances duramente trabajados y conseguidos en la vida real de unos ciudadanos indeclinablemente llamados a vivir una vida en plenitud, exigía conjugar la inteligencia y el amor en un ejercicio intelectualmente rico y responsable.

Dispusimos de tiempo para que los allí presentes conocieran a fondo al 'ciudadano corriente' con síndrome de Down, sin medias tintas, con sus debilidades y sus cualidades. Hubo tiempo para hablar de su pasado y su futuro, de su derecho a la vida, de la reacción que empieza a surgir contra la tiranía de un diagnóstico prenatal mal dirigido. (En ese sentido, y perdonen la disgresión, qué patética la fotografía de unas ministras besándose tras la aprobación de una ley que facilita aún más la discriminación contra los hijos con discapacidad). Y es que la esperanza de nuestro tiempo y de nuestra sociedad se fundamenta en la convicción y la decisión de los individuos que la conformamos. No es admisible que esa esperanza se rompa en el acantilado de las formas viejas, que hacen imposible todo deseo de superación. No podemos aceptar que nuestros mejores deseos, nuestras más nobles inquietudes sean tragados por los sistemas, por los monstruos institucionales, por lo establecido, que con su poder y organización se empeñan en apisonar todo poder de transformación. Al mundo no lo transforman las grandes corporaciones. Somos los individuos dotados de inteligencia y amor quienes podemos transformarlo.

Artítulo publicado en El Diario Montañés

 

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