Con andar cansino los veo pasar por la calle donde vivo. Taciturnos, casi sin hablar entre ellos, en pequeño grupo, bajo la atención de una o dos personas de apoyo.
Están atendidos, me temo que asistidos, en un centro ocupacional no lejos de mi casa.
Ignoro lo que hacen durante el tiempo que permanecen en el centro. Imagino que, como en la mayoría de los casos, harán labores manuales, estarán entretenidos y me temo que, también aburridos.
Si una de estas personas fuera mi hermano o mi hermana, alguno de mis hijos, no me gustaría verle en esta situación. No por sus limitaciones, que las tienen, sino por su mirada, a veces perdida, como si no esperara nada de una existencia que, me temo, transcurra entre la monotonía y el aburrimiento.
Pero no es esto. No basta un edificio. No basta un autobús que diariamente les traslada en grupo a sus casas. ¿Por qué algunos de ellos viven ahí, en un sitio donde a ninguno de nosotros nos gustaría vivir? ¿Por qué mantenemos la ficción de que YA están atendidos?
¿Es mejor eso que nada? No, no es mejor, porque hay alternativas. ¿Por qué no pueden vivir como los demás, compartir sus vidas en un piso que los reuna, que los haga felices, al menos que lo intente?
Alguno, tal vez, como en la canción de Victor Manuel, esté enamorado, tenga una ilusión secreta, no compartida. Quizá recoja una flor de primavera para darsela a su compañero, a su amiga. Un beso escondido en una flor.
Debería de formar parte del ideario de tantos centros y servicios, la felicidad de quienes permanecen en ellos. La risa, los momentos agradables, la sensación de una vida que vale la pena vivir, a partir de la discapacidad que cada uno tenga.
Amigo, no es la asistencia, es la felicidad.

Últimos comentarios