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ORIENTACIONES PARA
LA BUENA PRÁCTICA Dimensión psicológico-emocional. Evaluación |
La evaluación, tanto para los
trastornos mentales como para las conductas desafiantes, ha de ser funcional
y contextualizada (es decir, llevada a cabo en entornos naturales y no en
despacho). Por lo tanto, se debe realizar una evaluación conductual individualizada
para determinar la función o funciones de las conductas. Esto requiere la participación de múltiples
personas y no sólo del experto en evaluación (es decir, es una tarea de equipo
y no individual), requiere pensar más en las condiciones de la persona con
relación a su contexto que en su comparación con una norma establecida, requiere
tener en cuenta no solo lo ocurrido en el momento de la evaluación sino en
el tiempo previo (por ejemplo, si una persona ha dormido mal eso puede explicar
determinado comportamiento de ese día), y requiere, además, una observación
participante (quien observa es además miembro activo del contexto de relación
en el que está la persona observada).
Para evaluar esta dimensión
se puede utilizar el Manual DSM-IV, el ICAP, entrevistas estructuradas a
personas familiares y a la propia persona en la medida de lo posible y la
observación sistemática, sin olvidar las propuestas del propio Manual de la
AAMR sobre Retraso Mental. Preguntas tales como las que siguen pueden ser pistas
para la obtención de información relevante:
¿cómo es el carácter de esta persona? ¿cuáles son sus expresiones
emocionales, su estilo social, su estilo sensoperceptivo, su estilo de
aprendizaje...? ¿controla sus emociones? ¿es capaz de relajarse? ¿existen a su
alrededor situaciones ambientales estresantes? ¿es capaz de comunicar
adecuadamente sus sentimientos, sus deseos y sus intereses y necesidades?
¿manifiesta empatía? ¿se inclina a las relaciones sociales o es más bien una
persona aislada? ¿acepta bien los cambios o le cuestan especialmente las
modificaciones en su rutina y su entorno? ¿cómo juzga a esta persona el
entorno, tanto el más familiar como el menos?...